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El columnista Simon Jenkins escribe en el diario The Guardian sobre la descabellada guerra de Afganistán con motivo de la retirada de las fuerzas británicas de Irak: "En [la ciudad situada en el sur de Irak] Basra, el ejército británico tenía por lo menos un pequeño resquicio de plan bélico. En [la provincia meridional de Afganistán] Helmand, el único plan es servir de blanco para los talibanes. ... El mayor honor que Gran Bretaña podría brindar a las víctimas mortales de Irak es preguntarse por qué más personas deberían morir en Afganistán. ¿Por qué esperar a igualar el número de soldados asesinados (ya alcanzan los 134)? ¿Por qué esperar a igualar el número de víctimas mortales civiles, de pueblos bombardeados, de infraestructura devastada? ... Se tiene que alabar a[l primer ministro, Gordon] Brown por apoyar la profesionalidad y el coraje de los soldados británicos, pero les debe algo más que palabras. Les debe una honestidad brutal al revisar el propósito político y estratégico que está cobrando ahora tanto de ese coraje. ... La franqueza continúa siendo la principal víctima mortal de estas guerras. Los que – de derecha o de izquierda – celebraron el proceder en Irak y Afganistán no se atreven a admitir que podrían haber estado equivocados. Ahora, rescribir el epílogo iraquí como una misión bien cumplida supone actuar como un imán letal que empuja a las directrices británicas a un desastre similar y a las tropas británicas a morir en Helmand."
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