El historiador Marius Oprea explica en el semanal Observatorul cultural por qué en su país, Rumanía, el pasado sigue aún tan vivo: "No se ha juzgado ni siquiera a un oficial de la Securitate, de la antigua policía secreta comunista, ningún activista partidario ha debido hacerse responsable hasta ahora ante un juez o ha perdido su rango como dignatario por los hechos que llevó a cabo en el pasado, por los delitos y los abusos. Mi análisis debe ser hoy implacable. ... En la actualidad, los culpables cobran sus pensiones con la conciencia limpia; éstas son, por supuesto, mucho más altas que las de sus víctimas. Incluso los muertos tienen una tumba en el cementerio militar o en el cementerio de honor en función de su rango, y hasta ese momento son atendidos solícitamente en las clínicas del Ministerio del Interior. Rumanía ha depositado su insuficiente distancia en las manos de aquellos que miran al comunismo con nostalgia. Además, éstos constituyen con seguridad un número mayor del que los activistas partidarios y miembros de la Securitate soñaban que hubiera. ... Las únicas reformas verdaderas constituyen la de la libertad de prensa y el pluralismo político, pero también éstas están infiltradas por una mafia poscomunista muy bien organizada, que controla grandes partes de los medios de comunicación y de la política, da igual de qué partido sean. En Rumanía no ha desaparecido el comunismo, simplemente se ha privatizado. Parecía que estaba muerto, pero era una muerte aparente. Ha muerto su cerebro, su dictador, su ideología, pero sus células siguen aún vivas." (18/09/2008)
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