La tragedia de la Love Parade de Duisburgo, en la que fallecieron 20 personas, demuestra la competencia a la que están sometidas las ciudades, escribe Stephan Hebel en el periódico liberal de izquierda Frankfurter Rundschau: "Los políticos de Duisburgo, alentados por los organizadores, tienen que haber pintado en el mejor de los colores las consecuencias de una Love Parade exitosa. La antigua ciudad minera, casi sólo conocida como lugar de pobreza, quería al fin volver a brindar noticias positivas sobre sí misma. Como material debían servir todos los felices participantes, cuyas imágenes se usarían para hacer publicidad en el futuro. ... Todo eso no es una particularidad de Duisburgo ni de la 'mano pública'. De todos los sectores se oye hablar de proyectos que responden sobre todo a una cosa: prohibido fracasar. Vivimos bajo las condiciones de una economía acelerada y bajo la competencia a nivel mundial entre las 'sedes', es decir, ciudades y regiones. En todo ello es válido el reconocimiento de que un proyecto excede la escala y las capacidades humanas, a menudo no como soberano –lo que es– sino como una debilidad. ... [El alcalde de Duisburgo] Adolf Sauerland no es un cínico; su duelo es sin duda honesto. No ha hecho más que funcionar, como parte de un mundo en el que reina el dictado de la factibilidad aunque resulte cegador. Él es muy parecido a muchos de nosotros." (27/07/2010)
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