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La conciencia radiante

de Renata Kossenko


Primero llegó el polvo, luego el silencio – hace 50 años explotaron desechos radioactivos en la planta nuclear rusa de Mayac. Las víctimas siguen luchando aún hoy por el reconocimiento.


A primera vista, Tatarskaya Karabolka es un típico pueblo tártaro. Limpio, ordenado, con una alta valla de madera en cada casa. Pero no hay valla que proteja a las personas del principal peligro que amenaza el lugar; no las protege ni siquiera el Estado. El peligro penetra por las paredes, atraviesa la piel, los huesos.

Una mujer tiene un contador de radiación cerca de una iglesia rota en Cheliabinsk, julio de 1992.Photo: AP


"En cada casa se desencadena el cáncer”, dice Gulchara Ismagilova. Cierra la puerta de la valla. Al lado de la casa se oxida un coche que alguna vez fue blanco y perteneció al padre de Gulchara, director del soviet del pueblo; fue el único lujo que pudo permitirse. Su hija cuenta que su padre soñó con una vida mejor para los habitantes del pueblo. Luego murió de cáncer. Ahora, Gulchara, con 61 años de edad, dirige el movimiento "Por una Karabolka libre de radioactividad”.

Una ciudad secreta en los Urales

Tatarskaja Karabolka está ubicada en medio de los Montes Urales, en la frontera entre Europa y Asia. La región, en realidad, era fértil: bosques de abedules llenos de frutos y setas, lagos y ríos llenos de peces. Luego, las primeras obras del centro industrial de Cheliabinsk contaminaron el aire. Y después se levantó a 40 kilómetros de Karabolka, en el más absoluto secreto, una planta nuclear. Era 1949.

Había nacido una ciudad secreta. Sorokovka fue su primer nombre; tuvo muchos, para poder así esconderla mejor. Hoy se la llama Oziorsk. Durante mucho tiempo no apareció en ningún mapa. Los mejores científicos soviéticos, físicos y químicos de todas partes del país trabajaban allí. Debían levantar un escudo atómico contra los Estados Unidos, enriquecer urano hasta lograr un plutonio que pudiera utilizarse para las armas. Fue la respuesta de Stalin a Hiroshima y Nagasaki. "Mayac” se llamó la obra, orgullo de una potencia mundial emergente.

"Tembló el suelo debajo de nuestro pies”, recuerda Gulchara sobre su primer encuentro con el mundo secreto de Mayac. Era un día de otoño del año 1957, hace 50 años. Gulchara tenía doce años y desenterraba patatas junto a otros escolares del pueblo cuando una explosión interrumpió de repente la cosecha a las 16:22h. Cundió el pánico, las personas pensaban que era una guerra. Corrieron hacia el pueblo, cerraron herméticamente las ventanas y puertas y esperaron la siguiente explosión. Pero ésta no llegó. Tampoco al día siguiente.

La mayor catástrofe nuclear antes de Chernóbil

Gulchara limpia el polvo del borde de la ventana con su dedo índice; no lo puede soportar. Entonces, tras la explosión, un polvo extraño cubrió todas las cosas. En la escuela lo limpiaban con una solución de cloro. Así lo ordenaba la disposición. El polvo provenía de una nube oscura que se posó sobre el horizonte inmediatamente después de la explosión. Gulchara conoció recién décadas más tarde el concepto "Huella de los Urales del Este”, mediante el cual los científicos calificaron la contaminación radioactiva. Unos 300 kilómetros de largo por 50 kilómetros de ancho.

Más de 20.000 personas alrededor de la ciudad secreta de Sorokovka intentaron en aquel entonces descifrar la naturaleza de la explosión. En la planta de Mayac se sabía con certeza: Un tanque de hormigón armado con desechos nucleares líquidos había explotado – debido a la violación de las normas de refrigeración, como constataron luego las investigaciones. Solamente las instalaciones de la planta recibieron radiaciones de 666 millones de gigabecquereles. Antes de Chernóbil, que según los informes de Greenpeace y otros expertos resultaría 20 veces peor, fue la catástrofe atómica más grande del mundo. Pero nadie supo nada de ello.

En el correr de los dos primeros meses, los soldados fueron a buscar a 10.000 personas y se las llevaron. ¿Por qué? No lo supieron. Las casas vacías fueron derruidas. El ganado, sacrificado para que los propietarios no volvieran nunca más. No se pudieron llevar consigo nada de su vida pasada. Todo estaba contaminado con isótopos radioactivos.

Gulchara Ismagilova señala a sus abuelos en una vieja foto en blanco y negro que cuelga de la pared. También la foto está contaminada. Si los soldados hubieran venido al pueblo de Gulchara, seguramente no habría podido conservar la foto. Pero los soldados no llegaron. Karabolka es una de las tres poblaciones altamente contaminadas que nunca fueron evacuadas.

Una señal advierte "Río Techa está ensuciado”, julio de 1992
Photo: AP


Patatas contaminadas, agua contaminada

El destino del pueblo se puede reconstruir en base a documentos secretos que fueron desclasificados al fin en los años 90. Se pudo constatar que también Karabolka debería haber sido evacuada. El dinero para ello se había puesto a disposición en Moscú y a Moscú llegó algo más tarde un informe sobre la evacuación de Karabolka. En realidad, no obstante, sólo se había recogido a los rusos del pueblo – a los tártaros se los obligó, por el contrario, a realizar tareas de limpieza. Las acciones "voluntarias” iban acompañadas por miembros del ejército que utilizaban mascarillas.

Como todos los de su escuela, Gulchara también tuvo que ir al campo. Durante todo octubre lanzaron patatas recién cosechadas, contaminadas, a fosas que finalmente los tractores tapaban. Recorrían el campo agachados sin utilizar guantes. En los descansos cocinaban algunas patatas que habían salvado a escondidas de las fosas con el agua del río contaminado. Ya entonces reaccionaron sus cuerpos. Un joven se volvió sordo, el hermano de Gulchara perdió su cabello, su madre tuvo un parto prematuro.

Al verano siguiente, Gulchara no pudo levantarse más de la cama. Estuvo delirando tres semanas con 41 grados de fiebre. Vomitaba, las articulaciones le dolían tanto que no podía caminar. Envenenamiento por radiación – también éste fue un concepto que Gulchara no conoció hasta la Perestroika. Cuando ella, que trabaja como enfermera, vio los primeros estudios disponibles sobre radioactividad, no le gustó particularmente nada. Sospechaba que la radiación podría haber causado el cáncer debido al cual había muerto su padre, el que padecían su madre y su hermano. El cáncer que puede encontrarse prácticamente en cada una de las casas de su pueblo natal.

Guerra burocrática por los derechos de las víctimas de las radiaciones

Pero la Perestroika trajo también esperanza; al principio. En 1993, los así llamados "liquidadores”, los que trabajaron en la limpieza, recibieron el derecho básico a una recompensa estatal. Gulchara albergó la esperanza de una nueva vida para su pueblo y para sí misma. La Administración Regional de Seguridad Social rechazó, no obstante, en 1998 su demanda y la de sus antiguos compañeros de clase. Su participación en los trabajos de limpieza no podía probarse.

Desde entonces, Gulchara apenas puede dormir. Tras su jornada laboral en la clínica se sienta en su escritorio para luchar contra el Estado. Redacta peticiones, cartas, demandas, muchas veces durante toda la noche. En 2002 ganó un juicio, ahora se la reconoce como "liquidadora”. También ayudó a muchos vecinos. Ha llevado adelante alrededor de 200 procesos. Este año ha recibido por su lucha el premio de una organización de defensa de los derechos humanos.

Gulchara ríe cuando muestra el galardón. Ríe muy poco. Se enfada con demasiada frecuencia. Porque las luchas están lejos de haberse terminado. A pesar de las advertencias de los grupos medioambientalistas, el Ministerio de Seguridad Radioactiva y Medioambiental sigue afirmando que el pueblo no está en peligro. "Estas personas no han sido reconocidas como afectados, es decir, no han recibido dosis absorbida”, ha aclarado el director del Ministerio Gennadii Podtesov ¿justo? a finales de septiembre. En total se trata de 7.000 personas en toda la región.

20 víctimas mortales de cáncer al año

Los informes del servicio meteorológico "Rosgidromet” atestiguan, por el contrario, la gran carga radioactiva del pueblo. También Vladímir Chuprov de Greenpeace afirma: "Karabolka está altamente contaminada”. La tierra y las plantas de los jardines poseen, por ejemplo, una alta carga de isótopos del producto de la fisión de uranio "estroncio 90”, que liberan una radiación de hasta 25,9 gigabecquereles. El límite crítico corresponde a 11,1. Incluso está permitido oficialmente utilizar los campos que quedan a dos kilómetros del pueblo. Greenpeace ha demostrado entretanto que la contaminación por isótopos de plutonio 239 y 240 es 10 veces más alta de lo que determinan las normas. "Los campesinos trillan la paja directamente sobre la Huella de los Urales del Este, en un entorno con una gran carga radioactiva. Las vacas comen el heno y los campesinos se comen las vacas y sus productos lácteos.”

En Karabolka mueren cada año 15 ó 20 personas, sobre todo a causa del cáncer. Quien pudo, huyó. A su pueblo natal retornan las personas sólo cuando están ya muertas. Para ser enterrados en uno de los ocho cementerios que existen.

¿Demanda al Estado ruso?

"¿Qué buscas todavía aquí?”, le preguntan a menudo a Gulchara. Desde hace 40 años tiene una segunda residencia, pero todos losviernes vuelve a su pueblo, a Karabolka, donde vive su madre. Muchas veces trae pan; en el pueblo hay muchos desempleados. También lleva consigo analgésicos. En la farmacia del pueblo están casi siempre agotados.

¿Qué busca en Karabolka? A veces se pregunta esto también a sí misma, por la noche, cuando no puede dormir. Con la aurora sale luego de casa y atraviesa la calle de la Revolución de Octubre, donde cada vez hay más casas vacías detrás de las vallas de madera que no pudieron defender a sus propietarios. A veces se queda parada frente a una casa. Piensa entonces en Estrasburgo, en el Tribunal de Justicia Europeo. Allí hacen justicia, oyó decir. Allí puede demandar al Estado ruso por 50 años de mentiras. Podría reclamar el traslado definitivo de Karabolka y también una indemnización por el dolor que causó el Estado con sus experimentos atómicos. Quizá podría incluso reclamar que se cierre Mayac – porque Mayac sigue estando en activo, y en 1976 se le añadió otra planta procesadora de desechos radioactivos. Hace tan solo una semana se rompió un tanque, uno que contenía desechos radioactivos líquidos. El líquido recorrió un kilómetro y medio por la calle.

Pero tampoco la abandona esa otra idea. La idea de un enemigo que convierte en inútil la lucha contra la radiación. Es el cáncer. También Gulchara lo padece, en el hígado. En el último análisis le dijeron que el tumor había crecido diez centímetros.

 
Renata Kossenko
Nacida en Riga en 1984. En 1988 se muda a Moscú. Estudios de Ciencias Políticas en la Universidad Lingüística Estatal de Moscú. Trabajo final de ...
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Original en Alemán

Publicado primeramente en Der Tagesspiegel, November 2007

© Bundeszentrale für politische Bildung

 

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